No quiero ponerme intenso, ni demasiado filosófico. Tampoco
ir de cura ni dar aquí la misa del domingo. No por nada, sino porque esa misión
me viene grande. Ya saben cómo va eso: si Dios te pone una batalla
delante, es porque cree que puedes librarla. También dicen que reserva las
peores para sus mejores guerreros. Yo no creo que esté entre ellos, aunque
bastante tengo con las mías.
A lo que venía: a hablar de lo que ha sido para mí Obsession.
No a hacer una crítica ni a valorar el trabajo de Curry Barker. Críticos
de cine hay muchos y muy buenos. Ojalá todos cumplieran aquello de: «Las
opiniones son como los culos: cada uno tiene el suyo».
Observo con esperanza cómo, entre los de mi generación y los
que vienen detrás, se está recuperando la fe cristiana. No digo que
vayan a misa, pero sí que la practican a su manera. En sus redes, con sus
posts, sus reels y toda la movida que nos arrolló hace unos años. Y quiero
pensar que también en sus dormitorios, donde nadie mira, donde el rezo es
sincero y el amor al Padre es sencillo y honesto. Porque, como dice José
Carlos González-Hurtado, autor de Evidencias científicas de la
existencia de Dios y Las evidencias de que Jesús es Dios, solo saben
que el rezo funciona quienes lo practican.
La peña quiere que Dios les responda con palabras. Que
les dé una palmadita en la espalda. Que les susurre al oído que está junto a
nosotros. Quieren que les recuerde cada día lo que está bien y lo que está mal.
Y que, en definitiva, se muestre ante nuestros ojos y nos pida de viva voz
nuestro amor eterno.
La misma peña que luego le recrimina, desde la ignorancia,
las guerras o las verdaderas atrocidades cometidas por desequilibrados. «Si
Dios es bueno, ¿por qué permite eso?», preguntan con tono desafiante. Lo
bueno de una película tan exagerada y visual como Obsession es que
responde a esa pregunta de una manera que hasta un bobo entendería.
El amor a Dios debe ser libre. Si fuera impuesto, no tendría ningún
valor. Nos convertiría en esclavos y nuestra experiencia vital dejaría de ser
algo que mereciera la pena vivir. Sin libre albedrío seríamos autómatas
condenados a repetir costumbres y rutinas en las que ni siquiera creeríamos. Y
como Dios nos ama y quiso regalarnos una vida que de verdad mereciera la
pena vivir, nos hizo libres.
Porque Él sí nos ama. Bear, en cambio, nunca
amó a Nikki. La quiso para sí. Por eso le robó la libertad y la obligó a
amarlo. Por eso la convirtió en un ser infeliz, atrapado en una pesadilla que
acabó transformándola en una criatura siniestra, obsesionada, desquiciada y
profundamente malvada.
Obsession demuestra que no hay nada más terrorífico que un
amor impuesto. Quizá
por eso Dios eligió dejarnos libres. Incluso con el riesgo de que nunca
lo elijamos a Él.
Como escribió C. S. Lewis en Mero cristianismo:
«El libre albedrío, aunque hace posible el mal, es también lo único que hace
posible un amor, una bondad o una alegría que realmente merezcan la pena».
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