Durante aquellos años en los que la televisión era la reina
indiscutible del entretenimiento doméstico y cada noche Antena 3, Telecinco
y TVE libraban una batalla diaria por conquistar el prime time, Telecinco
encontró su fórmula de éxito apostando por comedias para el access prime
time. Camera Café o Escenas de matrimonio acompañaron durante
años el momento previo a las grandes series o programas de la noche.
De Escenas de matrimonio poco hay que decir. Su estilo
vulgar era aborrecible y solo los entrañables Pepa y Avelino se salvan
de la quema. Fue Camera Café la que dejó un regusto especial en el
paladar de nuestra sociedad y en la de medio mundo, pues era un formato
importado de Francia que llegó a adaptarse en 55 países. ¿Qué
tenía de especial? ¿Era solo una cámara fija y un decorado impasible ante el
paso de las desventuras de sus personajes? ¿Por qué fue un éxito? ¿Qué
tenía de universal para ser emitido en países tan diferentes como España,
Canadá o Filipinas?
Los granos que forman este delicioso café
Primer grano: la máquina de café como backstage
Bernardo no va a contarle a Jesús Quesada, en la sala de juntas, que es
capaz de adivinar el número de la lotería, y menos aún delante de Antúnez.
Delante de la máquina de café dejan de ser el contable y el comercial para
convertirse en el golfo de Jesús y el patológico hijo de mamá que es
Bernardo Marín.
Y es eso lo que nos importa. Porque el devenir de la oficina
ni nos va ni nos viene. Pero a todos nos interesa la farra que se pegó Quesada
la noche anterior con un cliente o lo coladito que está Bernardo de Cañizares,
aunque no lo reconozca. Nos interesan los rincones sin limpiar que se
esconden detrás de la fachada. Para nada nos hipnotiza el arquetipo
perfecto de absolutamente nada ni de nadie. Por eso nos producen rechazo los "don
Perfecto" y su cantosa falsedad. El costumbrismo de Camera Café
consigue exactamente el efecto contrario a eso.
Segundo grano: todas las oficinas son iguales
No voy a decir de qué lo conozco, pero conozco a un comercial
que estampó varias veces el coche de empresa por ir borracho. Finalmente lo
despidieron. Es buen tipo. Y no digo que todos los comerciales cumplan el
requisito del alcoholismo, pero sí digo que haberlos, haylos, y que los CEO
de las empresas más importantes del mundo buscan para esa figura a alguien
adicto, ya que en su adicción se encuentra el arma de doble filo perfecta:
las adicciones le destruyen, pero para pagarlas necesita incentivos; entonces
son las propias adicciones las que les empujan a ser los mejores vendedores. ¿Son
los rockstars de la empresa? Mola pensar que sí.
Igual que el perfil de contable nunca será un rockstar. Más
bien lo contrario. Cuantas más manías tenga un contable, mejor: más minucioso y
más perfeccionista será con los números. Que no son cosa baladí, ya que
cimientan la buena marcha de toda empresa.
No me enrollo más: Camera Café triunfaría hasta en el Congo,
y eso que nunca aterrizó en África (fue de los pocos continentes donde
no fue adaptado, TODAVÍA). Porque demuestra que en RR. HH. ya
está todo preestablecido, los roles claros y los clichés los utilizan sin
perdón.
Tercer grano: voyeurismo
Qué rabia nos da cuando nos enteramos a medias del chisme.
Cuando no escuchamos del todo el cuchicheo en una reunión (que es de mala
educación, por cierto). Por eso nos gusta tanto Camera Café. Porque
ojalá tener una cámara escondida en la cocina de la vecina para ver lo mal que
cocina y lo vaga que es, que tiene al marido a base de latas. O en la barra del
bar de abajo para escuchar las penas y alegrías de los conciudadanos. Por no
hablar ya del dormitorio de la vecina del quinto, porque ahí ya entraríamos en
otros temas de calificación +18.
Y aquí, en Camera Café, nos cumplen el deseo. Estamos
inmóviles y bien escondidos, en el lugar perfecto para escuchar y ver todo lo
que de verdad nos interesa de la oficina. A todo el mundo se la suda lo que
diga Antúnez en la sala de juntas o la de marketing, aquí interpretada
por una jovencísima Carolina Cerezuela. Nos interesa más su vida sexual,
cada uno de sus conflictos conyugales y verlos desahogarse y rajar, bien
rajado, de la compañera de mesa con la que no se aguanta pero tiene que
mantener el tipo en público. A corazón abierto y a pecho descubierto,
así los vemos frente a la máquina de café. Algo que rara vez conseguimos en la
vida real con compañeros de trabajo o ni siquiera con nuestra propia familia. Y
de ahí nace un deseo que esta serie satisface.
Porque, reconócelo, amigo: si pudieras y no corrieras el
riesgo de ser descubierto, husmearías en la intimidad de mucha gente.
¿Cuántos móviles acaban llenos de virus por culpa de celosos que se creen que,
clicando en un enlace, van a tener acceso a los chats de WhatsApp de su
parienta? Ni os lo imagináis. Mucho ánimo.
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