Cuando Nolan salvó las salas de cine

 


El día que Christopher Nolan se puso chulo y forzó el estreno de Tenet en las salas de cine, en plena pandemia y bajo un sinfín de restricciones que asfixiaban el negocio de la exhibición, se ganó mi fanatismo para siempre. Mientras medio Hollywood prefería quedarse en casa, refugiarse en las plataformas de streaming o retrasar sus estrenos a la espera de tiempos mejores, él se convirtió en el héroe sin capa que nadie aplaudió desde un balcón, pero que ayudó a impulsar la recuperación de un sector que parecía herido de muerte ante una nueva normalidad que amenazaba con instalarse para siempre en nuestras vidas.

Pese a las restricciones de aforo y al discurso del miedo que invitaba al ostracismo de los hogares, la película recaudó 365 millones de dólares. Lejos de lo que habría recaudado un año después y en condiciones normales, donde, según los analistas, habría duplicado esa cifra.

Pero Tenet y Nolan estuvieron donde tenían que estar: en primera línea de batalla cuando pintaban bastos y peligraba la industria. Porque había iluminados que ya veían las salas como algo agonizante, propio de otra época, y pensaban que todo podía sostenerse gracias a esas plataformas por las que la mayoría de la peña paga cuatro duros y deja de fondo mientras duerme o, alguno con suerte y buena compañía, invierte el tiempo en placeres mayores.

Claro que para llegar a ser una figura con semejante capacidad de influencia dentro de Hollywood, la carrera de Nolan ha pasado por varias etapas. Podemos diferenciar una primera donde su mayor valor son esos saltos temporales y juegos con la estructura narrativa que tanto ingenio y frescura demuestran. Incluiría Following (1998), Memento (2000) e Insomnia (2002).

Gracias a ello, empiezan a llegarle las grandes producciones que lo hacen transitar de pequeño artesano a gran artista fallero (por aquello de las explosiones y de convertir sus ideas en monumentos que acaban ardiendo en taquilla), con películas como la trilogía de Batman, The Prestige (2006), Origen (Inception, 2010) e Interestelar (Interstellar, 2014).

Y concluiríamos con la etapa actual, donde su nombre ya funciona por sí solo. Es una estrella en sí misma: incluso la biografía de un científico se convierte en un pepinazo en taquilla, como ocurrió con Oppenheimer (2023). O con Dunkirk (2017), una película bélica que rompe los moldes de la épica tradicional: sin héroes y centrada en las diminutas historias anónimas de aquellos que resisten a la grandilocuencia de la guerra.

La Odisea





Y como todo genio consciente de tener el poder de convertir en oro todo lo que toca, Nolan se aleja de lo mundano y se atreve con el mito. Revisitando una de las grandes obras de la literatura universal, Odisea, y llevándola a la gran pantalla con los retos de rodaje que ello ha conllevado.

Durante meses, el equipo rodó en Marruecos, Grecia, Islandia y Escocia. Y aquí el maestro Nolan parece haber querido subir la apuesta. La exigencia física ha sido llevada al extremo en localizaciones que parecían inhóspitas e imposibles de filmar, tanto por sus condiciones meteorológicas extremas e imprevisibles como por tratarse de entornos naturales de acceso complicado.

A Matt Damon, que interpreta a Odiseo, lo llevó al límite. El actor no se ha mordido la lengua al reconocer que el rodaje ha sido el más duro de su carrera, y que las localizaciones elegidas por Nolan supusieron un reto y un riesgo mayúsculo para todo el equipo.

Una de las anécdotas que ya circula en los eventos de promoción de cara al estreno es la del acceso al castillo en Sicilia, donde el equipo tuvo que subir 275 metros por un camino casi impracticable. Para poder filmar allí durante días, se construyó una plataforma de andamios capaz de sostener a 200 personas, desde la cual actores como Robert Pattinson y Tom Holland debían realizar el ascenso diario con su vestuario de época.

El rodaje se completó en 91 días y en seis países, y será recordado como uno de los más duros de la historia de Hollywood por el esfuerzo tanto físico como logístico que ha supuesto.



Aunque todo esto a Francis Ford Coppola, que casi pierde su casa y todo su patrimonio rodando Apocalypse Now en la infernal Vietnam, probablemente le suene a juego de niños.

Ante todo esto, solo queda recurrir a esa frase del toreo que a mí tanta gracia me hace: puerta grande o enfermería. Cuando al artista no le pones freno, su proyecto mastodóntico puede acabar volviéndose en su contra. Como el faraónico monumento fallero de Nou Campanar en 2009, que terminó dejando a la comisión muy tocada tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, o ese coche que Homer Simpson fabricó con el dinero de su hermano y acabó dejándolo viviendo debajo de un puente durante años.

Desde luego, los ingredientes para un buen guiso están ya en la cazuela. Y solo un cenizo negaría que estamos ante uno de los grandes eventos —el término “película” se le queda corto en este caso— cinematográficos del verano. Somos muchos los que, con la excusa y en la penumbra de la sala de cine, comeremos basura procesada dulce y salada el 17 de julio en alguna sala de España.


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